NOTICIAS > 18.12.2025
Pedro Pinho y
la persistencia del
neocolonialismo
Ocho años después de La fábrica de nada, el cineasta portugués Pedro Pinho regresa al largometraje con La risa y la navaja, una obra de tres horas y media que se estrenó mundialmente en la sección Un Certain Regard del Festival de Cannes y que se programó en la Sección Oficial de la última edición de l’Alternativa, Festival de Cine Independiente de Barcelona. La película sitúa la acción en la Guinea-Bissau contemporánea y muestra cómo las relaciones de poder entre Europa y África continúan operando hoy bajo formas más difusas, técnicas y aparentemente éticas.
por Àlex Gil
No es la primera vez que Pedro Pinho aborda esta relación Norte-Sur. El cineasta portugués debutó con el aclamado documental Bab Sebta (2008), codirigido junto a Federico Lobo, que recogía testimonios en primera persona en cuatro ciudades del norte de África de personas a punto de emprender peligrosas rutas migratorias hacia Europa. En su anterior película, La fábrica de nada (2017), Pedro Pinho reflejaba la crisis laboral europea, el desencanto y la búsqueda de formas de resistencia a través de una mezcla de cine social, documental y comedia musical, explorando el valor del trabajo, la explotación y la solidaridad obrera frente a un sistema neoliberal. Ahora le toca revisar el pasado colonial, pero no como un episodio cerrado: su película se instala plenamente en el presente y, con una narrativa minimalista, también contiene, según el propio director, un thriller incipiente de tono bucólico y un relato de deseo y soledad.

Contexto, presencia y relaciones
Para Pedro Pinho, el neocolonialismo ya no se manifiesta a través de la ocupación directa o de un discurso explícito de conquista, sino mediante mecanismos que gozan de una legitimidad casi incuestionable dentro del imaginario europeo: la cooperación internacional, las ONG, los informes técnicos, los proyectos de desarrollo. “Busco radicalizar aún más la misma exploración de la discursividad dentro de la narrativa. Invitar a los personajes a expresarse en el centro de la herida más expuesta de nuestro tiempo: la frontera neocolonial”, subraya el cineasta. Y añade: “No se trata de negar la necesidad de infraestructuras o de ayuda material, sino de observar cómo estas prácticas pueden reproducir, y a menudo reproducen, relaciones profundamente desiguales”. En este sentido, La risa y la navaja no busca denunciar desde fuera, sino observar desde dentro los engranajes de una hegemonía que se ejerce sin épica y sin plena conciencia de sí misma. Y aunque narrativamente la trama se aleja del tema principal, de manera constante y a partir de múltiples capas, reflexiona sobre las diferentes condiciones del postcolonialismo.
El personaje de Sérgio, un ingeniero ambiental portugués enviado a trabajar para una ONG europea para elaborar un informe de impacto ambiental para la construcción de una carretera, encarna precisamente esta ambigüedad. No es un villano ni un cínico, sino alguien que comparte valores progresistas fácilmente reconocibles: cree en la responsabilidad ambiental, en el progreso, en la buena fe del trabajo técnico. Pero Pinho insiste en que las buenas intenciones no son suficientes para mantenerse al margen de las estructuras de poder. Al contrario, pueden convertirse en una coartada moral que permite seguir participando sin cuestionarlas. Sérgio es, en este sentido, una figura incómoda: más observador que agente, más dubitativo que decisivo, incapaz de asumir plenamente el peso político de su presencia.
Esta pasividad no es accidental. Pinho concibe a Sérgio como un personaje deliberadamente frustrante, tanto para quienes esperan un protagonista heroico como para un espectador europeo que pueda reconocerse en él. El ingeniero no toma grandes decisiones, no lidera transformaciones, no encuentra una posición clara. Prefiere analizar, dialogar, posponer. En esta falta de acción se dibuja el retrato crítico de un personaje que quiere hacer el bien sin asumir las consecuencias materiales de su lugar en el mundo.

La carretera aparece como una grieta abierta en el territorio, un proyecto presentado como desarrollo pero atravesado por fallos logísticos, precariedad laboral y tensiones de poder constantes. Financiada por el Banco Mundial y ejecutada por un consorcio brasileño-chino, la infraestructura aspira a conectar dos paisajes opuestos, pero la película la lee como algo más que una promesa económica: una intervención que fragmenta y reorganiza el espacio según lógicas externas, una herida que no sutura sino que evidencia la violencia latente de los procesos de desarrollo en contextos postcoloniales.
Ante esta mirada, La risa y la navaja se niega a construirse desde un único punto de vista. Pinho defiende que “el objetivo es construir un viaje polifónico de perspectivas, explorando una variedad de puntos de vista alrededor de un problema central que sigue lejos de resolverse”. Aunque la historia sigue mayoritariamente a Sérgio, los personajes de Diára y Gui no funcionan como meros satélites narrativos, sino como fuerzas que desestabilizan constantemente su posición. Para Pinho era fundamental que la película no se limitara a reproducir una mirada europea sobre África. Diára y Gui no están para explicar el contexto al protagonista ni al espectador, sino para confrontarlo, interpelarlo y, en algunos momentos, utilizarlo. Tienen deseos, estrategias y contradicciones propias.
En este sentido, el trabajo con los actores no profesionales fue clave y se basó en un amplio margen de improvisación. Aunque las situaciones estaban totalmente escritas y claramente definidas (la película cuenta con 10 guionistas), Pinho evitaba fijar los diálogos de manera rígida, permitiendo que las subjetividades de los intérpretes no profesionales fluyeran sin que una sola voz, ni una sola mirada, se impusiera sobre las demás.

Deseo, identidad y poder
Uno de los espacios donde estas tensiones se hacen más visibles es el del deseo. En La risa y la navaja, la sexualidad nunca aparece como un territorio neutral o privado. Pinho subraya que el deseo siempre está atravesado por relaciones de poder, aunque nos resulte incómodo admitirlo. En estos contextos de expats, la percepción de un acceso más fácil a los cuerpos, especialmente racializados y precarizados, forma parte de una experiencia cotidiana que deja profundas huellas. La película no convierte la sexualidad en una metáfora simplista del colonialismo, pero sí la presenta como un espacio donde las asimetrías económicas, raciales y geográficas se hacen tangibles, incluso cuando los personajes no son plenamente conscientes de ello.
El personaje de Gui condensa de manera especialmente clara esta complejidad. Brasileño, queer, negro, extranjero en África y al mismo tiempo ligado a ella por la historia y la lengua. Para Pinho, la identidad no es algo fijo ni esencial, sino una construcción atravesada por la historia, el deseo y el desplazamiento. Gui encarna esta inestabilidad y obliga a pensar el legado colonial no como una línea clara de dominación, sino como un entramado de capas, contradicciones y desplazamientos que continúan operando en el presente.
El título proviene de una canción de Tom Zé titulada O Riso e a Faca (2014), que es también el título original de la película en portugués. La canción, que los personajes cantan en un viaje en coche, plantea una contradicción interna, una perturbación muy intensa que el cineasta quería reproducir como sentimiento íntimo de los personajes y como motor de sus acciones: “el deseo de situarse dentro del horizonte, en una encrucijada de sentimientos y fuerzas históricas. Me pareció una propuesta muy elocuente para reflejar su subjetividad íntima”.

Una invitación a la reflexión
La risa y la navaja está pensada para tener dos versiones: una de más de cinco horas y otra con una duración más controlada orientada a su circulación en circuitos de salas comerciales que llegará a nuestra cartelera de la mano de Vitrine Films en abril de 2026.
La película evita conclusiones cerradas y se resiste a ofrecer respuestas claras. Pinho desconfía de un cine político que aspire a tranquilizar al espectador con soluciones evidentes o posicionamientos morales incuestionables. La realidad que retrata es ambigua, incómoda, a menudo contradictoria, y el cine según Pinho puede ser un espacio para habitar esta incomodidad sin resolverla. Más que proponer un discurso, la película busca generar fricción, obligar a mirar desde dentro de las relaciones de poder y no desde una supuesta exterioridad ética.
En este sentido, la incomodidad que La risa y la navaja puede provocar en el espectador europeo no es un efecto colateral, sino parte de su gesto político central. No se trata de culpabilizar, sino de desmontar la ilusión de neutralidad. Reconocerse, aunque sea parcialmente, en Sérgio implica aceptar que no observamos estas dinámicas desde fuera, sino que formamos parte de ellas. Para Pedro Pinho, es en este reconocimiento incómodo donde puede comenzar una reflexión verdaderamente política.





